¡La voz del teatro!

Un día me llegó una invitación para ir a ver una obra de teatro y como es un plan que me gusta, entonces acepté. La invitación era algo particular, pues decía que debíamos reservar nuestro espacio porque sólo había cupo para 10 espectadores. Sin embargo, sin importar las condiciones, el día indicado a las 7:30 de la noche estábamos en un edificio de Laureles anunciándonos en la portería como si conociéramos a la mujer que tres días antes, habíamos contactado a través de whatsapp.  

El portero nos dio acceso al apartamento: “Tomen el ascensor y suban hasta el cuarto piso, a la derecha encuentran el 402”, y siguiendo sus indicaciones llegamos a la puerta del lugar que sería, en esta oportunidad, el teatro.

Abrieron la puerta y nos recibió una mujer vestida de negro, nos dejó entrar al espacio donde usualmente se situaría la sala de una casa, pero esta vez vimos un escenario lleno de telas negras, luces y unas cuantas cuerdas colgadas de una estructura metálica. Además nos encontramos con 8 personas que conversaban entre ellos como si se conocieran hace tiempo. Pasados unos minutos y luego de habernos presentado con nombre y apellido, nos invitaron a tomar cerveza, vino, tinto, café o limonada. Fue en ese momento en el que le pregunté a Sandra Zea, la mujer que nos atendía y directora de la obra por la que estaba allí, sobre la dinámica de esta forma de hacer teatro que yo nunca había visto.  

“Decidimos crear un teatro móvil que podamos transportar a cualquier lugar de la ciudad e incluso, hemos celebrado hasta cumpleaños sorpresas con nuestras obras de teatro en la casa de los anfitriones”. Y es que según ella, en Medellín hay pocos espacios y recursos para mostrar las propias creaciones de actores y por supuesto, de su grupo teatral llamado “Casa Taller”.  

Después de 20 minutos de estar conversando, nos sentamos en las sillas que imagino eran las de su comedor. Apagaron las luces, iluminaron una parte del escenario que lo hacía ver cálido y así nos dimos cuenta de que estábamos listos para iniciar un viaje hacia “La orilla del mundo”, nombre con el que se identifica esta obra teatral.

Fue una hora de mucha atención y concentración; pero lo más importante, de sentirme parte de la obra. Y es que ¿dónde queda la orilla del mundo? Esta obra responde a esta pregunta a través del teatro de objetos, es decir, aquellos elementos cotidianos que cobran vida para ser parte de un espacio artístico, como botellas de gaseosas, piedras, telas, entre otros. Una pregunta que tal vez tenga muchas respuestas, pues al finalizar la obra discutimos sobre la misma y cada uno de los 10 espectadores que estábamos presentes, encontramos significados diferentes pero igual de válidos.

Razón tenía Sandra al advertir, antes de empezar su presentación, que en esta oportunidad no tratáramos de entender una historia, sino que disfrutáramos de ese viaje al que querían llevarnos.

A la orilla del mundo es una obra sin diálogos pero con mucho simbolismo, que nos posibilitó entrar en un estado de fascinación con el que finalmente logramos comprender la voz del teatro.  

Se acercaban las 10 de la noche y seguíamos en aquel apartamento con personas que acabábamos de conocer, hablando de teatro, comiendo y disfrutando de las bebidas que ahora nos ofrecían, no sólo Sandra, sino también Gustavo y Raúl, los actores de la obra.

Y es que son estos espacios creativos, culturales y diferentes los que necesitamos en nuestra ciudad, al igual que personas como ellos: apasionados por su profesión y recursivos para mostrar un producto que hoy en día pocos consumen y a los que sí lo hacemos, se nos ha olvidado darle el verdadero sentido a cada obra teatral.  

 

Foto tomada de Elhurgador

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