En el bus

Cada uno de nosotros tiene sus formas y lugares favoritos para aquietar la mente, para respirar, pensar y tomar decisiones, estos son casi siempre lugares elegidos, sin embargo, para mí que utilizo siempre transporte público, el bus se convierte todos los días en esa posibilidad de repasar los pensamientos.

A menudo y sobre todo en los días fríos, cuando no se distinguen bien las imágenes por la ventanilla, vuelvo sobre esta idea de que en pocos lugares se tienen momentos de reflexión con uno mismo como en un bus, ahí sentada vuelvo sobre mis historias, incluso a veces invento también historias sobre los pasajeros según la expresión de sus caras.

Alguna vez ya lo había escrito en un breve estado de Facebook, pero me cruzo otra vez con el tema, cuando veo que el bus es un escenario donde la solidaridad tiene rostro de silla, donde una conversación con el del lado es escasa y el encuentro con un amigo puede salvar el viaje.

En medio de esas conversaciones propias,  solo un frenazo de los conductores – siempre tan prudentes -  puede sacarlo a uno de sus paisajes y distraerlo de las respuestas que creía necesarias o en ocasiones la sacudida empuja la respuesta hacia la luz. A veces en el bus se siente que una idea toma vía, que un recuerdo se bajó por la puerta de atrás y que el sueño acumulado no pagó pasaje.

El paisaje en el bus cambia según la hora del día, si es por la mañana, uno lleva sus planes madrugados, si es por la noche lleva el cansancio hasta en los lentes y en las tardes llevas los afanes compitiendo.

Por todo eso el bus, destartalado o moderno, es un lugar para la imaginación, para entender que siempre se está en movimiento, que se viaja a otros lugares, pero siempre es necesario viajar hacia uno mismo y que el contacto con otros rostros y otras miradas puede cambiar la perspectiva de cualquier paisaje. En palabras de David Mitchell: “No hay viaje que no te cambie algo”.

Sólo en el bus pasa que uno que otro pasajero se queda mirando incrédulo como alguien lleva un libro o cómo escribe mientras el bus se mueve, como si uno no tuviera que aprender a vivir,  justo cuando la vida lo zarandea.  

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