El tiempo (del otro también) es oro

¿Qué motiva a esperar una hora a alguien?

Una hora puede ser eterna o efímera según lo que se esté haciendo. Para Peranita fue una eternidad cuando tuvo que esperar al impuntual con quien tendría una cita, y a quien llamó tres veces al celular, para no parecer muy intensa, en ese insoportable lapso de tiempo. Al final Fulano llegó, con una gran sonrisa y ningún remordimiento, lo que le hizo descartarlo en su mente mucho más pronto de lo que él tardó en saludar.  

A pesar de que a  Peranita le habían enseñado que el amor “es paciente, todo lo espera y todo lo soporta”, ella no pudo aplicarlo en ese preciso caso, aunque había esperado y se había debatido en eso que le enseñaron de niña, sobre que el amor siempre llega y es bienvenido aunque llegue muy tarde. Viviendo en una sociedad en la que ser puntual no es lo más normal, y aunque ciertas generalizaciones pueden ser peligrosas y controversiales, a veces dudo que esta no sea el pan diario.  Sí, lo escribe alguien que no sale bien librada de los “demonios” de la impuntualidad. Como dice un profesor de mi universidad: “es mejor no haber llegado que haber llegado tarde”, ¡claro! Esta frase se refería a su clase, a la que nadie se atrevía a llegar ni un minuto tarde, porque de entrada sabía que no habría poder humano que abriera esa puerta.  Sin embargo, recordarlo me hace cuestionar sobre lo poco que se aprecia el tiempo ajeno y lo mucho que se desperdicia el tiempo propio. Mucho más en una época en la que todos vamos a mil, en la que parece que la eficiencia es más importante que la eficacia y en la que te insultan en la vía si no vas igual de peligrosamente rápido que los demás.

Alguna vez un extranjero me dijo que nosotros no valorábamos el tiempo, que no respetábamos el tiempo de los otros. Estas palabras calaron en mí y es que es un  círculo vicioso llegar tarde siempre, o encontrarse con que el mundo, el tráfico y la vida conspiran en contra cada vez que salimos de la casa. Las excusas de hubo un choque, un taco, pasaron unas personas protestando por tal calle se derrumban ante la frase: <> o ante la reincidencia. Sí, a veces Murphy hace de las suyas, no podemos negarlo. Fijo el día que con menos tiempo salimos de casa, el Metro anuncia: “señores usuarios en breves momentos continuaremos con la marcha” y esos “breves momentos” resultan ser los diez minutos que nos harán llegar tarde.

Creo que falta mucha conciencia y respeto, porque el tiempo del otro también vale oro. No es solo pensar en términos productivos, económicos, es también saber que esperar mucho a alguien, porque la culpa del impuntual me carcome, es otro círculo vicioso hacia la aceptación y continuación del comportamiento. Al fin y al cabo, esperar a veces es necesario y hasta puede enseñarnos los dones de la paciencia, pero no como a Peranita (quien se demoró una hora arreglándose y trató de hacerlo todo rápido para llegar a tiempo) que le tocó esperar eternidades a alguien que la valora tan poco como para hacerla esperar y ni siquiera disculparse por ello.

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