Bajo tierra, todos se descomponen igual

“Qué triste ha sido tu partida, qué duro vivir sin ti, qué vacío hay sin tu presencia. Qué no hiciera por tenerte”. Así reza una lápida gris en el cementerio Los Ángeles de Circasia, Quindío. La tumba es reciente y junto a las letras negras está el grabado de una motocicleta.

 

En un parquecito que hay al frente, tres niños conversan balanceándose en los columpios: “¡Claro que no! Los ángeles no se pueden morir. Ya es gente que está allá arriba”, concluye la mayor apuntando al cielo.

 

El cementerio está rodeado por un muro blanco y azul con cruces, no muy alto.  Es un espacio rectangular, amplio y silencioso. Lo único que se escucha es, a lo lejos, un radio que sintoniza Olímpica Stereo, proveniente de una pequeña casa ubicada al fondo donde trabaja el cuidador. Al pasar el portal cambia el olor. No es muy fuerte, pero sí desagradable. Desde la entrada hay un corredor en línea recta que conduce a unas escaleras en el medio del espacio abierto. Arriba hay una suerte de capilla con un altar sencillo y una frase bíblica: “Quien cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá”. También, desde el portal, se desprende un cuadrilátero de sendero que bordea el muro. El resto es manga.

 

El lugar se ve envejecido. Las paredes están sucias y dañadas, con la pintura pelada. Cada espacio para las tumbas en el césped es completamente diferente, depende del cuidado que le hayan dado a sus muertos. Unas tumbas están cuidadas con pulcritud. Tienen flores recientes y hasta algo de jardinería o diseños con rocas. Otras, en cambio, hacen pensar que eran muertos de nadie, o que no les interesó lo que sucedía después de eso. Como diciendo: “muerto, muerto está”. A los sumo tienen dos palos atravesados y chuecos a forma de cruz deforme con una inscripción en marcador negro, en algunos casos ya borrosa. La hierba es alta y espesa, y parece irreconocible la porción de tierra precisa donde hubo un entierro alguna vez. 

 

No es un cementerio homogéneo. Los únicos patrones que hay son en los muros, donde las lápidas están una tras otra y los muertos descansan dentro. Pero la mayoría son personalizadas. Unas tienen el escudo de algún equipo de fútbol, otras una frase; hay con fichas de ajedrez, con grabados abstractos y con alguna fotografía puesta junto a ella o estampas religiosas. Lápidas pensadas para los vivos.

 

En el costado nororiental hay una carpa sobre la manga. Al acercarse mejor se ve una porción de tierra fresca, recién puesta y un arreglo floral con una cinta que contiene un nombre. No hay lápida. Las huellas abundan y el suelo parece apaleado hace pocas horas. Pero ahora está solo. Así de efímera es la muerte aquí y en cualquier parte. Seguramente el día anterior no más había un círculo de personas alrededor de esa tierra, viendo cómo cubrían a un ser querido para siempre, despidiéndose y sollozando. Y hoy no era más que una porción de curiosidad para un grupo de desconocidos.

 

La muerte sucede en lugares y momentos todos muy distintos, pero los muertos casi siempre van a parar a un mismo lugar. ¿Cuántas lágrimas se habrán derramado aquí?, ¿cuántas personas habrán perdido parte de su vida enterrando a un ser querido, pero igual han tenido que seguir viviendo?, ¿cuántas oraciones se habrán elevado entre estos muros pidiendo por los que ya no están?, ¿cuántas flores se habrán puesto al pie de tantas tumbas? Pero también surgen otras preguntas. ¿Cuántos se habrán alegrado de que alguien haya venido a parar aquí?, ¿cuántas canciones habrá escuchado el cuidador a todo volumen cuando está solo, rompiendo la solemnidad del espacio?

 

El cementerio Los Ángeles es popular. Es el cementerio del pueblo, de la gente corriente. Y claro, dentro de la gente corriente hay unos más adinerados, motivo suficiente para que haya mejores arreglos. Pero no deja de ser popular, a diferencia del Cementerio Libre ubicado frente a este, de masones para masones. Tiene un orden y una estructuración meticulosa, y entrar genera intimidación, como mandando el claro mensaje de que no todos son bienvenidos a permanecer allí por la eternidad. Al final, poco ha de importarte a los muertos esto. Bajo tierra, todos se descomponen igual. 



Foto tomada de Verdebancoyrojo

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