Acoso en los colegios: el dilema entre ser "cascón" o sapo

Esta semana una niña golpeó a otra a la salida de un colegio en Bogotá. Algunos entrevistados en los medios hablaban de castigo y reclusión para la agresora, mientras la mamá lloraba y las directivas del colegio se defendían diciendo que no podían hacer mucho.

Este comportamiento violento no es nuevo, ni es una sorpresa para los jóvenes. Me atrevería a decir que todos los estudiantes de todas las generaciones tuvimos o presenciamos ataques y agresiones en el colegio sin ver soluciones certeras; la única diferencia, entre la aceptación de antes y el “rechazo absoluto” de ahora, es que desde que el acoso se señaló como problemática social, se convirtió en un tema mediático y amarillo, que deja como gran duda si el cubrimiento de los noticieros (y de historias retorcidas y dramáticas como 13 Reasons Why) educa a los padres y jóvenes para reaccionar ante él o simplemente impulsa más el comportamiento violento, agranda la victimización hasta el punto de justificar el suicidio, lleva al señalamiento o a veces a “la fama” y el reconocimiento por comportamientos incorrectos. 

Además del show mediático en el irrisorio manejo actual del acoso en las instituciones, la mirada se centra únicamente en el acosador y el acosado, enmarcando a uno de victimario y a otro de víctima, sin tener en cuenta el grupo que calla y apoya las acciones, el entorno familiar de ambos que influye en sus comportamientos, y sin aceptar que la mayoría somos víctimas de unos y victimarios de otros.

Como muchos de ustedes, yo misma estuve de ambos lados de la problemática cuando estudié. Fui amenazada con un bisturí, chuzada con un chinche en mi silla y criticada hasta el cansancio sin recibir apoyo de mis superiores, pero también (siendo la más pequeña del salón hasta que me gradué) ataqué a una que otra con mordiscos, insultos y hasta hice juicios adolescentes sintiendo que era el único medio de avanzar en un ambiente hostil.

Por eso, basada en mi historia personal, y en las situaciones que pasan cada día en los medios del país, puedo decir que la solución al acoso no es defenderse con más violencia e incitar a los otros a ser “cascones”. Que no está ayudando al enseñarle a su hijo o a su hermano a atacar como un varoncito. Por muy tentador que parezca en algún momento, responder de manera agresiva solo puede agravar la situación y llevar un conflicto manejable a límites como el asesinato.

Muchos responderán: la solución entonces es hablar directamente con los mayores, como si no hubieran sido adolescentes o no se acordaran que el miedo a aumentar el rechazo o a agravar el acoso “por sapo” es el principal motivo para que los comportamientos agresivos sigan siendo secretos. Para no perder la costumbre de contar mis intimidades como comparativas, recuerdo esa vez que me vi obligada a desmentir a mi mamá porque llamó a señalar los culpables de un golpe que recibí en una clase de educación física, para que el profesor (que ella estaba culpando por no tomar represalias) y que de por sí no me podía ver,  no tuviera más razones para compararme y exigirme resultados que físicamente no podía alcanzar. Era muy cercano a los hombres del grupo (y muy lejano a todo lo que fuera defenderme). El castigo a causa de delatar una agresión solo genera más resentimiento y violencia. ¿Entonces cómo hacen? 

Se ha demostrado que se debe crear un ambiente de confianza y anonimato. Por eso en las escuelas regidas por Kiva, un programa anti-acoso creado en Finlandia (que sólo con un año de implantación los investigadores comprobaron que en algunos cursos el número de niños acosados bajó incluso un 40%), se creó un buzón en el que los estudiantes pueden revelar de forma segura: sin dar su nombre o sin que los vean, si están siendo víctimas de acoso o presenciaron alguno, evitando señalamientos y represalias por romper el "código del silencio" estudiantil (porque todo sabemos que los profesores que ven caras y saben nombres de delatores siempre terminan señalando).  

Este programa anti-acoso es tan exitoso porque también influye en los testigos, en los padres, los maestros y los compañeros, no solo en los dos involucrados de primera mano. El rechazo de los círculos sociales a las actitudes que antes causaban risa o apoyo, logran generar reflexión y cambiar la actitud del acosador.

En mi concepto además, la clave del proyecto finlandés y el más grande error en los programas colombianos, es que Kiva al contrario de los maestros de jóvenes como los de la noticia,  se dirige a los estudiantes en un lenguaje joven, que entienden y con el que se identifican: el digital. Kiva usa la multimedia y los juegos en línea para educar de una forma didáctica y llamativa. No se puede intentar llegar a los adolescentes hablando con las figuras que les generan desconfianza, las de poder.

No estoy asegurando que actualmente haya una solución total para el acoso y menos que yo, una periodista desconocida, sepa qué hay que hacer, pero sí he visto que la prevención, el monitoreo y el apoyo constante a los adolescentes  pueden hacer una diferencia, tal vez hubiera sido diferente en mi momento y en el suyo. 

Imagen www.losreplicantes.com

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