Sobre “ellos y ellas”

Desde hace varios meses el tema del lenguaje incluyente se ha convertido en una polémica constante dentro del debate público del país. Particularmente, la situación cobró visibilidad cuando la justicia falló en favor de la acción de cumplimiento presentada por el congresista Alirio Uribe ante la Alcaldía Mayor de Bogotá. Esta exigía la aplicación del Acuerdo 381 de 2009 aprobada por el Concejo de Bogotá que establecía el uso del lenguaje incluyente en los documentos y actos públicos oficiales.

Desde entonces, tanto los argumentos que respaldan como los que rechazan la iniciativa se han dejado notar en las redes sociales y otros espacios de diálogo político. Muchos lo han considerado una locura, y otros lo han visto como una demanda justa y necesaria, pero lo cierto es que se trata de una cuestión con diversas implicaciones que no deben pasar por alto en tan apresurados juicios.

Una de ellas es la pregunta que, más allá de lo absurdo o extraño que suena a priori el “ellos y ellas”, pretende comprender hasta qué punto o de qué manera la inequidad de género se ve reflejada en el lenguaje. Como lo planteaba Simone De Beauvoir: “la mujer se determina y diferencia con relación al hombre y no este con relación a ella: ésta es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo absoluto: ella es el otro”.

De ahí a que podamos explicar que lo masculino en el lenguaje englobe un todo, mientras que lo femenino sea una alusión a la singularidad, a lo que es diferente y particular respecto a lo demás. Con esto no pretendo decir que la solución determinante sea poner todo sustantivo en femenino y masculino simultáneamente, más bien quiero invitar a pensar en cuál es posibilidad de que, tras nuestra forma de expresarnos, estemos legitimando, incluso de manera inconsciente, una forma de discriminación.

Por lo que a mí respecta, diría que lo ideal sería utilizar transversalmente lo femenino y lo masculino sin que esto representara algún tipo de exclusión. Sin embargo, soy consciente de que ello tendría que promoverse y difundirse en una instancia cultural y social más que jurídica. El hecho de que la Alcaldía de Bogotá se haya visto en la obligación de usar el “todos y todas” por un fallo de la justicia, no solo trae consigo altos costos para la administración, sino también un cambio abrupto y forzado que no tiene las bases para ser acogido en la sociedad.

Por ello, es necesario tener presente que las transformaciones del imaginario colectivo deben ser graduales si desean producir verdadero impacto. Una decisión jurídica por sí misma no podrá crear consciencia en las personas, pues la inequidad de género se encuentra en la estructura social, y su erradicación dentro de las instituciones gubernamentales no logra abarcarla con suficiencia. De hecho, si se hace solo por esta vía, se corre el riesgo de que la inequidad continúe clandestinamente a pesar de que el lenguaje intente reflejar una situación diferente.

En conclusión, el uso del lenguaje incluyente es un tema que merece nuestras más profundas reflexiones. Su apoyo improvisado o rechazo absoluto pueden estar dando por sentado múltiples consideraciones que no deben ignorarse. La discusión que tenemos pendiente trasciende la afirmación de si es bueno o malo, dado que por un lado nos exige un análisis de la relación entre nuestras prácticas socioculturales y nuestro lenguaje, y por el otro nos alienta a buscar los medios más adecuados para incidir en ellas.

Referencias

·         BEAUVOIR, S. (1997). El segundo sexo. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Siglo XX.

·         SEMANA (2017). “Bogotá mejor para todos…y para todas”: juez ordena a Peñalosa a cambiar su lema de Gobierno. Semana. Recuperado de: http://www.semana.com/nacion/articulo/juez-ordena-a-penalosa-cambiar-su-lema-de-gobierno-por-lenguaje-incluyente/550515

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