¿Dónde quedó la coherencia?

En época electoral hay dos discursos que se repiten simultáneamente. Por un lado, están los candidatos que en su mayoría se declaran íntegros, honestos, renovadores de la política y defensores de algunas de las causas que más interesan a la opinión pública. Por otro, se encuentra una buena parte de la ciudadanía descreída, que mira y escucha con escepticismo la avalancha de imágenes y promesas que llenan las redes sociales y la vida cotidiana. Unos dicen que con ellos todo va a ser  diferente y los otros se encierran en que ya han sido defraudados por esas esperanzas.

 

Es difícil encontrar hoy candidatos que no afirmen constantemente que lucharán contra la corrupción, independientemente de que procedan de partidos o movimientos políticos que no tienen las mejores credenciales que mostrar en ese sentido. Muchos dicen que acabarán con el clientelismo mientras mueven debajo de la mesa infinidad de intrigas que los lleven al poder, utilizando maquinarias que no son precisamente las que muestran en sus cuentas de Twitter. Otros dicen que son la generación del cambio, apalancados por partidos y gamonales políticos tradicionales que se han unido a la nueva tendencia del marketing político: mostrar la vieja política tradicional con una nueva máscara que oculta su verdadera razón de ser.

 

No faltan los que dicen que van a bajar los impuestos, van a subir el salario mínimo y que le apostarán a defender la democracia y sus derechos, con todo lo que ello  implica, mientras parecen olvidar que cuando esas decisiones estuvieron en sus manos, en el pasado reciente, usualmente hicieron todo lo contrario. Dicen también que los atentados como el ocurrido en Barranquilla no se presentarán en sus gobiernos, ignorando también que, cuando tuvieron el poder, esas imágenes catastróficas no eran precisamente la excepción.

 

Pero esa amplia brecha, entre lo que se dice y se publica en campañas y las acciones políticas del pasado y del presente, no quiere decir que los ciudadanos deben postrarse en el escepticismo total frente a las promesas de cambio político en el país. Más bien, puede leerse como una muestra de que -en un escenario como el descrito- la ciudadanía debe hacer una lectura crítica de las promesas, de las imágenes y de los perfiles que se pregonan en todas partes. ¿Hay coherencia entre esta belleza que se muestra y las acciones  del partido político que las respalda? ¿La conducta y la trayectoria de los candidatos y sus partidos permiten inferir las cualidades y las hojas de ruta que se plantean? ¿Qué tanta es la brecha entre lo que se dice y lo que han realizado estos políticos y los gamonales que los respaldan? ¿Verdaderamente se propone una política nueva más allá de la edad del candidato? ¿Estamos seguros de que no son como algunos personeros de colegio que se pasaron todas las campañas prometiendo una piscina y miles de cosas que ni tenían cómo ni pensaban cumplir?

 

Son, en definitiva, muchas las preguntas que los ciudadanos deben hacerse de manera crítica antes de despreciar tajantemente las opciones políticas a nuestro alcance,  o bien antes de creer religiosa e ingenuamente en leitmotivs que en algunos casos parecen provenientes de esa misma lógica que en la novela 1984 de George Orwell planteaba:“la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza”. Como le gustaba precisar a Carlos Gaviria, hay cualidades que no se dicen sino que se muestran. No parece ser muy convincente alguien que diga de sí mismo que es íntegro y honesto; eso lo deben decir sus pares y sobre todo sus acciones en el pasado, en el presente y en el futuro. Pero como en época electoral todo se dice y se vende, habrá que sacar la lupa y desempolvar la memoria.

 

Por ejemplo, hay un candidato al Congreso que se hace llamar “El Patriota”. Este se declara, con puño cerrado y mirada desafiante, defensor de Dios y de los derechos humanos. Es interesante definir qué entiende por derechos humanos (o preguntarle a “Popeye” que también se declara defensor de estos) puesto que su conducta de retar a duelos armados a quien piensa distinto y mostrar fotos de niños torturados a auditorios colmados de gente no parece muy coherente con lo que en los últimos siglos Occidente se ha esforzado por respetar con esos derechos. Ni hablar del hecho de entrar armado a un escenario académico como una universidad, lugar al que se acude a dialogar y no a dispararle a nadie. Otro tanto podríamos preguntarnos en su defensa acérrima de un Dios y de su promesa de guerra a una postura política, pero interesa por ahora dejarlo como un ejemplo de las brechas que nos toca desenmascarar en estas elecciones. Personajes como “El Patriota” podrán decir que son los salvadores, pero la ciudadanía crítica debe ir más allá de la publicidad política pagada.

 

Se debe recuperar la importancia de la coherencia en el más elevado significado de la política. Que los candidatos se ocupen de estructurar sus discursos y líneas programáticas, pero que logren hacerlos coherentes con lo que son y han sido en la vida pública del país. Pero el papel definitivo será el de la ciudadanía, que tendrá que desenmascarar tanto lobo vestido de oveja y destacar a ciudadanos humildes que no dicen más de lo que son y que no prometen más de lo que pueden y les nace hacer.

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