Elecciones apocalípticas

Sí, cada cuatro años el país hierve al compás de unas elecciones parlamentarias y presidenciales en las que, siempre, da la sensación de estar al borde del fin del mundo, en medio de las candidaturas de quienes plantean continuidad, quienes proponen rupturas, coincidiendo todos en ser la salvación, con la fórmula secreta para arreglar nuestros males, los mismos que, muchas veces, sentimos con desesperanza que son crónicos y que no tienen arreglo. Las discusiones pasan siempre por los temas álgidos: empleo, seguridad, impuestos, salud, economía, entre algunos otros.

Y aunque dentro del tema de seguridad siempre haya sido inevitable introducir el discurso de las guerrillas, bien haya sido para combatirlas o para negociar, estos grupos siempre han ocupado un lugar nada despreciable dentro de la agenda y las propuestas de los candidatos presidenciales, al punto que, de cuenta de estos actores, los presidentes de la historia reciente han sido medidos, principalmente, por el discurso que el momento histórico le haya exigido adoptar frente a las guerrillas.

Hasta ahora, desde que las guerrillas están poniendo y quitando presidentes en este país, justamente con la promesa de eliminarlas de una vez por todas de nuestro espectro, los candidatos se han ido acomodando; sólo ha hecho falta leer el momento para saber qué discurso vender: si el de combatirlas o el de negociar. Por ello, quienes defendimos el SÍ en su momento, quisimos justamente que el tema guerrilla no fuera el punto central nunca más, para poder enfocar el debate en los asuntos que han sido históricamente relegados, como la corrupción, la educación, ese otro mundo que existe, pero que se hace invisible ante la urgencia de “combatir al enemigo”.

Los que asumimos la postura del SÍ aquél fatídico 2 de octubre lo intentamos, al menos lo intentamos, aunque en el medio haya quedado el sinsabor de todo lo que ha ocurrido después, de los reverses que han dado los capítulos del Acuerdo, del asesinato sistemático de líderes, del discurso de odio que vende el miedo a domicilio, con la gravedad de lo ocurrido en días recientes cuando la Policía Nacional fue el blanco de ataques violentos que acabaron con la vida de varios uniformados, lo que en un contexto más global, aparte de la tragedia humana que representan los muertos y los heridos, implica una herida profunda, difícil de digerir en estos momentos de efervescencia política.

Por ello, cuando creíamos que, a pesar de todo, el punto “guerrillas” iba a abordarse de manera distinta en esta contienda electoral (sin desconocer todo el debate que falta aún frente a la implementación de los Acuerdos, lo que está a medio hacer, lo que se ha avanzado y lo que aún no arranca), hoy vemos con dolor cómo la estupidez de quienes pretenden, sin sentido alguno, imponer los discursos anacrónicos de la toma del poder por las armas, están a punto de devolver la discusión a lo de siempre, siendo el contexto, esta vez, apto para prometer “bala”.

No es tan sencillo, las implicaciones que pueden tener las “travesuras” de los niños del ELN, en medio de sus ínfulas de “próceres de la Patria”, lejos de ser un desacuerdo en la Mesa de Negociaciones, es la diferencia entre el país que somos y el que podemos llegar a ser. Estas elecciones, como cada cuatro años, son históricas, es cierto, pero las de hoy tienen unos componentes adicionales que nos conducen a pensar que realmente, esta vez, nos estamos jugando casi que el apocalipsis.

El reto del próximo gobierno será recuperar la legitimidad institucional del país, y no a punta de oratoria ni discursos de escritorio, sino a punta de lograr conectar ese país necesitado con las oportunidades que deben generarse, lo cual va a ser sumamente difícil si las prioridades siguen siendo “combatir al enemigo”. El país no se va a mover de donde está, es cierto, pero si vuelven a triunfar los de siempre, al ritmo de siempre, quizás habremos soñado en vano quienes creímos algún día que podíamos vivir en un país con otro enfoque.

Yo sigo creyendo, muy a pesar de los acontecimientos, que si realmente la voluntad de paz está dada, los actores armados implicados deben dar el ejemplo, no sólo cambiando el tono, porque de discursos hemos vivido toda la vida, sino apostando con acciones por hacer la diferencia en este momento tan oportuno para la historia de nuestro país.

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