Yo no le marcho a corruptos

La corrupción no es nada nuevo en Colombia. Aquí se vive la corrupción, se respira en la mañana al despertar, se toma con el primer café del día y se repite con el de la media tarde. Si fuera deporte olímpico, tendríamos más medallas que en ciclismo, boxeo y halterofilia juntos. Bueno, tal vez la corrupción no llegue hasta allá (a menos que la sigamos dejando), pero con el escándalo de Odebrecht, quizá llegue a los juegos panamericanos. El equipo colombiano de políticos inscritos en la categoría “eso sucedió a mis espaldas” tendría muy buenos participantes y ni hablar de los competidores de la categoría de “lo estamos investigando”, la medalla de oro ya tiene una S mayúscula marcada.

Hablando de Odebrecht, ya se comprobó que la campaña de Santos 2010 fue financiada (entre muchas otras fuentes) por esta multinacional brasileña de la cual podemos decir que, de no ser por un investigador gringo, nunca habríamos descubierto su subrepticia red de sobornos. Lo anterior es rescatable (pero triste) porque de no ser por la eficiencia de sistemas judiciales extranjeros, en Colombia nunca se hubiera destapado esa olla. Si hay algo bueno que decir del caso Odebrecht es que contribuyó a convertir la corrupción en un tema de la agenda nacional, tan importante como la salud o la economía.

Pero es una lástima que se esté convirtiendo en moda, pues corremos el riesgo de perseguir la corrupción con el corazón y no con la razón, como ciudadanos no podemos permitir que se alcen tantos zares anticorrupción, solo para llegar al poder a hacer más de lo mismo.

No es que la lucha de algunos políticos contra la corrupción no sea loable, al contrario, son dignos de admirar quienes le hacen frente a semejante monstruo. Pero hay que saber diferenciar entre los que quieren hacer una nueva política y los que quieren aprovecharse del momento para ganar votantes.

Esto lo digo porque hay dirigentes políticos y distintas figuras públicas que promueven una “iniciativa ciudadana” para marchar en contra del gobierno del presidente Santos y la corrupción. A esto le veo incoherencias, pues es inconsecuente que algunos de estos personajes hayan dirigido la campaña de Santos 2010, la misma que le robó a la Ola Verde con dineros de Odebrecht y que otros se pongan los pantalones contra la corrupción habiendo sido destituidos por lo mismo.

Yo no le marcho a corruptos. Así que no me vengan a decir que los mismos protagonistas de las chuzadas, Agro Ingreso Seguro, Interbolsa y Dios sabe cuántas cosas más, ahora son los héroes que van a sacar del juego a los políticos criminales para absolver la política colombiana y cambiar las reglas del juego. A todos ellos tengo para decirles lo mismo que le dijo Pablo Iglesias a Rajoy y el PP español: “Es mentira que ustedes vayan a combatir la corrupción, porque ustedes son la corrupción”.

El mismo político español dijo en el parlamento de su país que la política es el arte de cambiar las cosas, no el arte de pactar para que todo siga igual. Aunque esta frasecilla (que por cierto, la dijo primero el conservador Laureano Gómez) no me guste, vale la pena decirla: no más tapen, tapen. Creo que hay buenos políticos en Colombia, de esos que quieren hacer una nueva política sin corrupción, donde cada peso público es sagrado y donde los méritos se consiguen trabajando, no gastándole plata a otros; una sociedad y una política donde el hombre no es un lobo para el hombre (ni los políticos para los ciudadanos), sino donde verdaderamente se trabaja en conjunto por un bien mayor, no un bien personal.

Antes de que el lector me descalifique por izquierdista (que es de lo más común en Colombia) le digo que creo fielmente en la honestidad de Iván Duque y en que es un buen candidato a la presidencia, como creo en Claudia López, Sergio Fajardo y Jorge Robledo (por lo menos hasta que se demuestre lo contrario). Para cambiar el país entonces, hay que darle la espalda a la típica clase política corrupta y votar por una nueva generación de políticos transparentes, comprometidos, pluralistas y cuyas ideas políticas evoquen verdaderamente los sentimientos populares, mejor digámoslo en palabras de Rafael Núñez: ¡regeneración o catástrofe!

Por: Pablo Andrés Estrada 

Imagen tomada de Las2orillas
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