Sobre toros, argumentación y empatía

Me encontré al despertar con un artículo titulado El toreo sí es cultura. Me interesa, es un debate que cada principio de año toma relevancia. Leo los elogiosos comentarios sobre el autor que lo califican como "humanista de centro", también veo el típico comentario de "por qué los animalistas no hacen el mismo despliegue ante la muerte de una cucaracha", pero de todos el que más me llama la atención es el de un participante que dice: "Las autodenominadas mentes liberales comentando a favor de la prohibición en 3, 2, 1..." como quien se adelanta a cualquier comentario para censurarlo aún sin ser emitido.

 

Pues bien, pongo mi punto de vista en el debate y en menos de 3, 2, 1, responde el mismo participante, afirmando que la raya de la moralidad la traza la cultura, y que la gente que va a las corridas cada año las hace viables económicamente (¿moralmente, entonces?). Después de intercambiar un par de comentarios con él, me doy cuenta de que no tengo un interlocutor para debatir sobre el tema, al menos alguien que no lo descalifique de entrada. Por fortuna, Bajolamanga me extiende una invitación para escribir al respecto. Así que aquí estoy exponiendo mi punto de vista, utilizando como excusa el artículo mencionado.

 

El creador del texto, comienza afirmando que el toreo es una expresión cultural única de las regiones del mundo con influencia hispana. Creo que tiene razón, sin un marco conceptual definido, puede llamarse "expresión cultural única" a casi cualquier cosa. Los límites son tan difusos en los conceptos de arte y cultura, que por momentos parecen inexistentes. Acto seguido el artífice del texto nos sugiere a los antitaurinos, como yo, que si queremos dar un "verdadero debate de calidad" debemos convencer a los taurinos de enfocar el tema desde una postura por fuera del antropocentrismo. Parece que, aunque el escritor procura mantener una posición neutral en su columna, no puede evitar colocarse en el pedestal de "la verdad".

 

Esto se vuelve más evidente en el cierre de la misma cuando el escritor afirma que "Es entendible que el que protesta tirando ladrillos o escupiendo tenga más empatía con las bestias. Después de todo se comporta como una". Una visión claramente atropocentrista del autor, que líneas arriba nos había ofrecido una alternativa para discutir con los taurinos, pero que él, aunque no lo enuncia, claramente no la comparte. ¿Entonces, tiene sentido esta discusión? Yo creo que sí, pero no con las armas que nos ofrece el artículo a los antitaurinos bajo una argumentación apócrifa, como quien hace pasar por una espada a un simple pedazo de hierro oxidado, no es justo. Como tampoco es justo echar a todos los antitaurinos en el mismo costal de fanatismo y violencia que denuncia.

 

Y es que no convenceremos a los aficionados a las corridas de toros de dejar su cruel tradición ni con argumentos antropocentristas ni no antropocentristas, porque sencillamente no hay espacio para la dialéctica, en un debate donde cada quién sólo quiere demostrar que tiene la razón y hace el amague de ofrecer a los otros un espacio de argumentación sólo para invalidarlo, a veces hasta sin ser emitido. ¿Que los antitaurinos no entendemos la mal llamada "fiesta brava"? Seguramente (aunque algunos de mis amigos que están en contra de las corridas, antes participaron activamente en ellas), pues no entiendo como alguien puede anteponer sus emociones y creencias al hecho de hacer un espectáculo con el dolor y la muerte de un animal que, aunque no gime o llora, es evidente que padece. Si esto no es sadismo, por lo menos es una indiferencia de una crueldad suprema.

 

Pero más allá de las razones, considero que uno de los factores fundamentales que ha ido haciendo desaparecer la tauromaquia es la empatía. Entendida ésta como la capacidad de colocarnos en el lugar del deseo y del sufrimiento ajenos. Afecto que descubrimos cada vez más los seres humanos, no sólo con nuestros congéneres sino también con nuestros familiares en el dolor, los animales, gracias a la psicología evolucionista. Esto ha debilitado tremendamente la visión de las llamadas "bestias", como cosas o como simples bienes muebles; lo que sumado a la pérdida de estatus social del toreo, le ha colocado en una fase terminal que, más temprano que tarde, confío en que le convertirá en una triste curiosidad de épocas pasadas.

 

Como dice mi amigo el matemático y divulgador científico Antonio Vélez en su artículo En defensa de los toros: "los humanos estamos sintonizados a la frecuencia triste de los lamentos para sentir el impacto sicológico. Al mecanismo se lo llama empatía: el dolor ajeno duele. Y es que compartir el dolor puede servirnos de ayuda. Esto le permitió al hombre primitivo sobrevivir a lesiones que inmovilizan y que requieren la ayuda de otros. El dolor del congénere se copia por medio de ciertas neuronas especiales, llamadas neuronas espejo, diseñadas para leer los estados emocionales del vecino, sin importar que ese vecino pertenezca a otra especie".

 

Es tiempo de pasar la página de esta bárbara tradición cultural aunque los taurinos seguirán resistiéndose. Posiblemente quedarán unos pequeños reductos que irán desapareciendo como fueron desapareciendo otras dolorosas tradiciones culturales como la esclavitud o el matrimonio por obligación y conveniencia. No hay derecho a que el dolor y la muerte de un animal sean expuestos en medio del jolgorio de unos cuantos sólo para su diversión y goce. Volviendo sobre el principio de este artículo, si propender por la prohibición de este cruel espectáculo es ser antiliberal, entonces lo soy, y realmente sin pudor.

 

Considero que cada quién puede hacer con su vida lo que quiera (aunque también hay límites con uno mismo como es el caso de los pacientes psiquiátricos), pero no con el dolor y la humillación de otros seres sintientes. En este caso el toro está en clara desventaja, más allá de que algunos cínicamente se digan que no, pues es evidente que las respuestas de éste a los estímulos no tienen la plasticidad de los humanos y son fácilmente predecibles y aprovechables por el torero. Aunque de vez en cuando el torero pierda el control de la situación, es la excepción y no la regla.

 

Así que aunque la cultura y la ley estén relacionadas con la moral, no son lo mismo. Algo puede ser legal y culturalmente aceptable pero no por eso moralmente justificable. Tampoco la raya de la moral la traza la cultura pues el origen de ésta se encuentra en nuestra naturaleza misma, la cultura sólo puede florecer en aquello que tiene un sustrato natural. Por eso no hay que enseñar a tener compasión pues está en nuestro genes, más bien se desestimula como en el caso de las corridas y realmente con pobres resultados. No somos el culmen de la evolución, ni tenemos el derecho de hacer con los demás habitantes del planeta todo lo que nos plazca. ¿Corridas de toros? ¡Sólo en los coños de las vacas!

Por: Carlos Andrés Naranjo Sierra
@carlosnaranjo

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1 Comentarios

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    Eddy Mesa 21 de febrero de 2017

    Me gusta el enfoque, la diferencia entre lo legal y lo moral, aunque creo que me gusta más el concepto de ética. Aunque mi argumentación es diferente, ¿por qué necesitamos entretenernos en ver como matan a un animal? ¿ no hay otra cosita para hacer? supongo que no podría ni entretenerme ni disfrutar algo así, pero a cada cual mate su ventura o Dios que le hizo como diría Sancho Panza.

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