La silenciosa agresión contra el pueblo saharaui en el Sahara Occidental

Con melancolía me hago las siguientes preguntas: ¿Hasta qué límites puede llegar la indiferencia en la humanidad? ¿Cómo es posible que caminemos por el mundo viendo muerte, enfermedad, empobrecimiento, violencias y podamos dormir tranquilamente todas las noches? ¿Cómo disfrutamos el sol que les sale a algunos pocos? ¿Por qué seguir nuestro camino y no hacer un alto? Hoy el pueblo Saharaui recibe agresiones de los poderosos, de igual forma que tantos otros pueblos, y ni nos damos por enterados.

Unos resolverán las dudas con la naturalización del hombre como un ser egoísta, el egoísmo es una característica propia del ser humano, suponiendo que este precepto sea correcto, tendríamos que distinguir lo propio y lo ajeno. La historia nos ha enseñado que lo propio y ajeno entra en un devenir espacio temporal. Inocentemente podríamos pensar que lo propio para alguien estaría constituido por su cuerpo, sus posesiones materiales y su familia. ¿Entraría en lo propio una nacionalidad?, ¿una sección social? Tal vez, cada caso concreto nos lo diría. Pero digamos que el egoísmo estaría delimitado como la búsqueda del bienestar propio, sin importar el resto (lo ajeno) más allá de lazos empáticos, pero sin responsabilidad.

Pero si aceptamos que lo propio es el cuerpo, la familia y las posesiones, tendríamos que decir que en la edad media, donde el cuerpo era una extensión incluso oponible al alma, como verdadero yo, o esencia. Que la familia en términos burgueses (padre, madre e hijos) no existía, y que la propiedad no era privada. El egoísmo tendría que sufrir una transformación, así que ante la supuesta naturaleza egoísta del hombre, hay una dinámica histórica de lo propio y ajeno.

Todo esto para desmitificar el precepto de que el hombre es egoísta y por ende se justifica su indiferencia, ya que los límites de lo propio o identitario, son dinámicos. De esta forma, por ejemplo, en un contexto determinado, una nación o una etnia podría apropiarse como algo inherente  de un grupo de personas y guardarse bajo su tutela de forma egoísta. Lo traumático, es que este proceso de apropiación es ajeno a la voluntad de los sujetos sobre los cuales recae, y aquí está la célula del asunto.

Los saharauis históricamente han sido tribus nómadas que viven en el desierto del Sahara y a España es a quien le correspondió el territorio de Sahara Occidental, durante la repartición colonial europea de África. En el proceso de descolonización del siglo XX, se obliga a España a que haga entrega del territorio, pero en vez de concederle autonomía, es entregado a marruecos, quien en un acto despótico invade y militariza el país. 

Desde 1976, los saharauis viven la represión de corte colonialista del Estado de Marruecos, la monarquía marroquí se ha apropiado del Sahara Occidental, ha violado sistemáticamente los derechos humanos de sus pobladores y no ha cumplido con el pacto de 1991 donde se realizaría una consulta para la autonomía y autodeterminación. Ante la indiferencia de la comunidad internacional, Marruecos ha roto el pacto de no agresión y ha confinado a la mitad de los saharauis en campos de refugiados en Argelia, rodeados por otro muro de la vergüenza colonial.

Los saharauis, como los palestinos, sirios, entre otros sufren de una violencia directa extrema, y aunque hay voces de solidaridad mundial, el mundo sigue con su cotidianidad; ya que esta violencia le es ajena. Las fronteras artificiales de culturas, naciones, estados, funcionan como un marco ideológico que controla el nivel de egoísmo y solidaridad, y encierra nuestras fantasías.

Las fronteras “artificiales”, no nos permiten incluir a los saharauis en nuestro egoísmo, por ende la imposición ideológica de fronteras se hace violenta y debería generar un antagonismo, entre los artífices que hegemónicamente imponen tales velos. Por ahora solo unas cuantas voces disonantes, heroicamente se niegan a ser cómplices por omisión con el dolor de los saharauis.

La indiferencia frente a la realidad de este pueblo, no se debe a un desconocimiento de los hechos,  es evidente que los medios nos bombardean con imágenes cotidianas de conflictos alrededor del mundo. Tampoco se debe a un desinterés individual e irresponsable que debe ser combatido mediante pedagogía. Se debe a un marco ideológico que fragmenta la realidad y genera distancias artificiales.


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