La otra cara del narcotráfico: el consumo

Recientemente volví a Canadá desde Medellín. Los oficiales de inmigración no me pusieron problema, pero sí se les vio una expresión jovial cuando les dije de dónde venía. Se miraron y sonrieron. Con seguridad no hace mucho habían terminado la tercera temporada de Narcos (muy recomendada, por lo demás). No me ofenden ese tipo de gestos ni comentarios al respecto; hasta los considero chistosos. Yo no elegí que Colombia fuera una narco-democracia, pero eso es lo que fue por varios años durante el gobierno de Samper. Sin embargo, sí hay algo que los colombianos podemos hacer en el frente de relaciones públicas. En el momento que dejamos llamar al problema “narcotráfico” en lugar de “narco-consumo”, concedimos la derrota. Tenemos que cambiar la retórica.

Hay que recordarle al primer mundo que un mercado tiene tanto oferta como demanda, y ellos son esa segunda parte. La debilidad institucional de Colombia y otros países latinoamericanos sentó las bases de la producción de narcóticos, pero hasta hace muy poco, estos países no eran consumidores. Incluso hoy, son de lejos exportadores netos. Si el negocio ha sido rentable es porque Europa y Norte América ha tenido la disposición a pagar por este tipo de entretenimiento. Sus sociedades son tan narcóticas como la nuestra, solo que ellos tienen la plata para comprar, y eso, aparentemente, les da status.

En la guerra contra las drogas, las autoridades de los países consumidores han fracasado tanto como los productores. La cadena del tráfico tiene muchos puntos en los cuales se puede intervenir, y todos los que están entre la importación y la distribución caen bajo la tutela de los países consumidores. Ellos, que tienen los instrumentos institucionales, no han sido capaces de frenar el consumo. Es ridículo que exijan que nosotros con menos logremos más. Su política doméstica ha sido complaciente, y prefieren que los muertos y lo más feo del negocio del narcotráfico se quede en los países que producen.

Los carro-bombas los pusieron en Colombia, pero ese es el resultado de la política antidrogas que adoptó EEUU centrada en llevar la lucha lejos de su país; de ninguna manera hace de los colombianos una sociedad intrínsecamente más violenta. Estos hechos dieron como resultado que la culpa moral se pusiera sobre los productores porque la violencia se quedó en Colombia. Dejamos que el problema fuera de los países narcotraficantes y no de los narco-consumidores, y el resultado es el estereotipo de que los colombianos son mafiosos en vez de que los estadounidenses son drogadictos.

No sobra reiterar algo que ya he dicho: lo mejor es legalizar la droga. El problema no es producir narcóticos, sino dejar que los criminales monopolicen esa actividad y corrompan las instituciones del Estado y la sociedad. Esto es lo que pasa cuando se ilegaliza el negocio. El gobierno de Santos ha acertado en no preocuparse mucho por el aumento de cultivos de coca, que en buena parte se debe a una mala política dentro del proceso de paz. Ahora que el dato está al descubierto, es necesario tomar medidas para guardar las apariencias. Pero además de ir en contra de las libertades individuales y la lógica económica, la guerra contra el narcotráfico ha fracasado, y casi todos los costos los pusimos nosotros.

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