La desorientación sexual

Francamente, escribir en primera persona no es mi estilo, pero en este caso creo que es apropiado.

Cada año Occidente es testigo de múltiples marchas, desfiles, celebraciones, y homenajes de orgullo LGTB, o como nuestra generación lo conoce: orgullo gay. Sobra decir que con estas movilizaciones masivas vienen reacciones masivas. Despertamos desde apoyo y aplausos, hasta cuestionamientos morales y odio de grupos y personas; y yo sigo sin entender ninguna de las anteriores.

Más allá de la coyuntura histórica detrás del gay pride, o del straight pride –que también se celebra–, creo que la orientación sexual no tiene porqué ser un asunto de relevancia pública, y mucho menos jurídica.

Desde el libre albedrío, el regalo de Dios que alaban la Biblia, el Corán y la Torá, pasando por el derecho constitucional al libre desarrollo de la personalidad, y llegando al hecho inevitable de que cada uno de nosotros es y existe más allá de la voluntad de otros, abundan razones para permitir y aceptar los esquemas de creencias y valores de otras personas, aunque difieran de los nuestros. No obstante, insistimos en que lo que los demás hagan es relevante para nosotros, incluso si no representa ninguna limitación para que seamos y existamos a nuestra manera.

No argumentaré por qué es conveniente o correcto respetar a los demás, ni por qué nuestros llamados derechos son iguales a los de otros. Simplemente basta afirmar que tan libre como es usted, lector, de pensar como se le antoje, lo soy yo y lo somos todos.

Creo, en última instancia, que quienes estamos desorientados y confundidos no somos quienes pensamos de una u otra forma, sino quienes creen que tienen voz y voto sobre la libertad ajena.

Respetar la orientación sexual de otro no se trata de amor, ni de sexualidad, ni se trata de lo que nosotros mismos consideramos correcto o incorrecto; se trata de lo que consideramos propio, y lo que respetamos como ajeno. Si consideramos que lo que otro decide hacer con su tiempo, e incluso lo que cree, siente y piensa es propio y no ajeno, entonces estaremos asumiendo una de dos posturas: o consideramos que somos superiores a los demás – y al carajo con la igualdad, dulce triunfo del siglo XVIII, y con un par de mandatos religiosos occidentales–, o, siendo iguales, los demás deben tener tanto poder sobre nosotros como pretendemos tener sobre ellos – y ¡qué maravilla! La dictadura gay estará cerca –.

Y bueno; la vida de otro ¿sigue creyendo que es suya?

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