Todos los días de verano

El hombre del que hablo tiene una fortaleza escondida en sus bolsillos, por eso –supongo– lleva sus manos guardadas allí casi todo el tiempo, y pareciera que aprieta los puños en sus saquillos cuando intenta decir algo que le pesa todavía en su garganta. Después, cuando ha logrado contarme un par de historias, eleva la mirada al fondo, y entonces sé que ya no está ahí sino en ese otro lugar de donde vino, y sus manos continúan encerradas en sus bolsillos. Casi siempre lo vi así, desde el primer momento en que toqué su hombro a sus espaldas para pedirle que compartiéramos el taxi, pues como yo, había perdido el único autobús que nos llevaría a nuestro destino. Teníamos tan solo dos opciones: esperar o devolvernos, pero un hombre como él no se devuelve nunca, y una mujer como yo, capaz de esperar, casi siempre elige no devolverse.

Así que era un gallego, cosa que decía con acento y ahínco como quien tiene una seguridad aguda de lo que es; profesor de química en la universidad, padre de familia, esposo, jubilado, escritor, viajero –aunque reforzaba también que allí no volvería nunca–, y un melancólico como a sus diecinueve años, en busca de una respuesta a esa pregunta inquisidora que lo acompañó en aquel viaje; si mi padre vivió allí catorce años, algo debe existir en esa ciudad.

 

Éramos cuatro pasajeros de distintas nacionalidades, solo él y yo hispanohablantes, y aquel conductor introvertido que esa mañana no quería contar historias que denigraran a su país o hacer aquel tour que no te permite ver el paisaje por ese parlar ruidoso, así que todo el viaje fue silencio, con la excepción de un par de noticias sobre el clima y los jugadores de béisbol que se preparaban para un importante partido.

 

El paisaje tenía mucho verde a la derecha, por momentos algo de mar a la izquierda, y una soledad casi líquida, regada en cada transeúnte retraído que aparecía sin afán en medio del camino con alguna bolsa o su bicicleta. ¿A dónde van? Me pregunto. ¿Tendrán como yo, como él, la nostalgia por algo que no vivieron?

 

Pasadas al menos dos horas, entramos a la provincia que nos esperaba y entonces el introvertido conductor nos llevó a la terminal para encontrar el único pasaje de regreso que partiría cerca de las siete de la noche. Allí, con algo de calor y el olor de las viejas terminales, mezclado con afán, con sal, con miedo, llegamos a una ventanita escondida y compramos esos dos tiquetes de vuelta. Un hombre de una sonrisa devastadora nos advierte que no salen a tiempo aquellos viajes, pero que procuremos estar allí temprano, nunca se sabe. 

 

Así que tomo mi tiquete y lo guardo en medio de las hojas de un libro que vaticinó mi estancia en la ciudad de Matanzas, donde estábamos el gallego y yo, siendo las ocho de la mañana, con nuestro acostumbrado silencio.

–Muy bien, nos veremos en la noche, me ha dicho.

 Y un apretón de manos nos da las coordenadas para que él emprenda su viaje a mano izquierda y para que yo inicie mi travesía por la derecha. No sabíamos qué haríamos allí, pero hay cosas que no deben preguntarse, porque existen nostalgias que son cómplices y nada tienen que decirse. 

 

Él tenía 63 años y estaba entonces de vacaciones con su familia, pero prefería un lugar silencioso sin todo el ostentar turista de las famosas playas concurridas por todo lo común, entonces tomó una dirección distinta esa mañana y recordó a su padre, eso hacen los viajes, no importa dónde estés, importa sobre todo el pasado del que estamos hechos, pues allí está la fuerza y el primer tiquete con o sin regreso, no importa mucho, nada es igual al volver.

 Hace un tiempo decidió escribir y tiene un blog donde publica algo de poesía. Nos miramos en ese color fuego que deja la ciudad siendo las siete de la noche, a las afueras de una terminal donde hay poca luz, en un momento tal vez no veamos claramente nada, pero él ve algo más allá mientras aprieta de nuevo sus manos en los bolsillos de su pantalón corto, y me dice cómo le llena de vitalidad ver a una mujer que viaja sola, le recuerda algo de gallardía, la suya; la que tiene justo ahora en sus muñecas.

 

–Esta mochila, la tengo desde mis diecinueve años. En ese momento emprendí por primera vez un viaje solo, sin pretensiones, casi sin nada, y he decidido traerla hoy conmigo. Desearía poder describirte cómo me siento. Pero el silencio sabe más. Lo vi sentir todo lo que estaba diciendo y acercarse un poco cuando le hablaba porque había perdido gran capacidad de su audición, y era esa la razón por la cual había viajado de nuevo. Se jubiló antes de tiempo a causa de un tumor cerebral que lo llevó al borde de la muerte –¡qué digo!, de la vida–.

 

Entonces cuenta que a partir de allí tuvo que dejar sus actividades universitarias y que debía agradecerle a un tumor la vitalidad para volver a conocer el mundo de nuevo –es paradójica esta historia la de los seres humanos– tener casi que morirse para llevar las manos a los bolsillos llenas de coraje, de valentía. Saber que morimos a diario, y que ahí afuera está la vida.

 Recorrió las calles de aquella provincia como yo, casi los mismos lugares, pero no nos vimos nunca. También estuvo en la plaza del parque jugando ajedrez con el calor de la ciudad y el no tiempo de su gente. Parecía satisfecho. Creo que encontró su respuesta –lo auguro–.

 

Como era de esperarse, nuestro viaje partió tarde. Supe del gallego mucho más de lo que esperaba, y recuerdo aquella poeta de la que me habló, recuerdo ese apretón de manos en la plaza donde nos dejó el autobús de regreso siendo casi las diez de la noche, las recomendaciones sobre la comida no tan costosa, su decepción por aquella Cuba, su temor-amor por la vida, y el poema de Rosalía de Castro, una de sus poetisas favoritas:

 

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,

Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,

Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,

De mí murmuran y exclaman:

 

—Ahí va la loca soñando

 

Con la eterna primavera de la vida y de los campos,

Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,

Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

 

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,

Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,

Con la eterna primavera de la vida que se apaga

Y la perenne frescura de los campos y las almas,

Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrazan.

 

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,

Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

 

De nuevo somos extraños el gallego y yo, excepto por los días de verano, cuando un olor romero salpica las calles por donde camino, entonces de pronto lo recuerdo y llevo mis manos a mis bolsillos; pretendo sentirme fuerte, pretendo sentirme viva. 

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