Radiografía de Colombia hecha con palabras

Esperanza: es un sustantivo que se deriva del verbo esperar. Como ni una sola generación de colombianos ha vivido en un estado diferente al de la guerra, estamos acostumbrados a la esperanza, a creer que, a pesar de nosotros mismos y de nuestra infame clase política, podemos vivir mejor.

 

Guerra: guerra viene de una palabra germánica (werra) que significa “pelea, discordia”. Hay etimologistas que la asocian con un grito. Y es lógico: el grito es el otro lado de la palabra. El grito es para las batallas, no para el diálogo.

 

Mentira: en español también la podemos llamar falacia, embuste, mendacidad… Mintió el presidente Santos cuando anunció que estaba firmando la paz, así, a secas, y que se acababa la guerra, también así, a secas. Mentir es jugar con las palabras y los silencios. Hay un trecho largo entre firmar un acuerdo de paz con las FARC y construir una paz, como mañosa y bellamente dijeron, “estable y duradera”. Suena bonito, pero no es más que un adorno retórico. Y más mintió el uribismo, expertos en estas artes, cuando sus inefables anunciaron que venía el castrochavismo.

 

Paradoja: es la fusión de “para” y “doxa”. La “doxa” es la opinión. Así, una paradoja es “aquello que es contrario a la opinión común”. Más exactamente: es aquello que va en contra de la lógica. Va contra la lógica que todavía haya una guerrilla, liderada por jefes gordos que se están envejeciendo, con ideales marchitos que casi nadie escucha y un sentido de la realidad pobre. También va contra toda lógica firmar un acuerdo y luego decirle a la gente que diga sí o no: es ponerse el zapato y después la media.

 

Mezquino: la mezquindad es pequeñez de espíritu, falta de nobleza y de generosidad. Es muy difícil construir un valor tan noble y altivo como la paz entre espíritus tan pequeños. Los jefes de las FARC tienen el espíritu pequeño, vil. Están reclamando un triunfo de humo. Alzan la voz como si nada hubiera pasado, como si les hubiéramos quedado debiendo. Sus reclamos, algunos comprensibles, debieron llegar después de su petición profunda y honrada de perdón. Pero no hay personajillo más mezquino que Álvaro Uribe: un espíritu pequeño, necesitado de poder y aplauso. El triunfo del no en el plebiscito del domingo tuvo todo que ver con sus buenas artes de culebrero (había razones sensatas para elegir el “no” y, por tanto, personas sensatas que así lo hicieron, pero el resultado fue fruto de la mentira y la ignorancia).

 

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