LA RENUNCIA II

 

Diez años hacía que Don Venancio García se había jubilado. Cuarenta años de su vida habían pasado como la bandada de palomas que observaba desde la estación del tren, lejanas e inalcanzables, pero eternizadas en su memoria. Aquella tarde había salido a dar un paseo por la ciudad, para desandar sus pasos por lugares antes habitados, esperando encontrar consuelo a su soledad cotidiana.

Revivir la nostalgia era ineludible desde aquel día en que había tenido los días por delante para hacer con el tiempo lo que quisiera, ¡tanto tiempo para no saber qué hacer con él!.  -¡Qué envidia don Venancio! Le decía Lucrecia, la practicante más joven de la empresa, -cuando usted se jubile, le quedan todos los días para hacer lo que quiera, viajar, dormir hasta tarde ¿se imagina? Todo ese tiempo suyo, sin despertadores, ni informes para entregar. Don Venancio la miraba con dulce paciencia y sentía un vacío en el estómago; diez años habían pasado y no sabía nada de ella, ni de sus antiguos compañeros. A menudo pensaba en que ellos no debían envidiarlo, que no había viajado, que cada día se levantaba a las cinco de la mañana, como cuando trabajaba, que el tiempo libre lo empleaba en leer la prensa, caminar y mirar palomas en lontananza.

Viejo inútil, se decía para animarse, un amor y un trabajo, ¡el eterno monógamo! Y agachaba la cabeza porque le pesaban las palabras en la boca. Ya casi no hablaba con nadie, ¿quién tiene tiempo para un viejo? – a sus hijos no los veía hacía meses, los pocos amigos iban adelantándose en el camino, y él, veía venir el último día, incluso lo anhelaba. -A los viejos solo nos queda la soledad y la melancolía ¡ah! Y una visita pendiente al cementerio, le decía al tendero de la esquina de su casa. -Don Venancio, hombre, pero si usted está todavía muy entero, y lo animaba sirviéndole un aguardientico, que una vez al mes le quemaba las entrañas y le hacía arder el corazón.

Esa tarde de miércoles, divagando por la ciudad, se había percatado lo poco que quedaba de las edificaciones de sus años mozos. Las antiguas construcciones eran reemplazadas por suntuosos edificios, modernas oficinas, centros comerciales, bancos, comercios. Las fachadas relucían la novedad, el progreso, la juventud. Se sintió de repente ajeno, sin los teatros, los parques, las casonas de los ricos que jamás conocerían las nuevas generaciones, porque ni la historia les interesaba. Extranjero en las calles que lo vieron crecer, exiliado de la maquinaría que movía al mundo, extraño entre una masa que caminaba ajetreada -pensando en sus importantes y siempre urgentes asuntos- caminaba hasta que una idea le emocionó, ¡iré a la empresa!, se dijo.

Caminó tres cuadras y se subió a la ruta 310. La ciudad empezó a transformarse en la de su ensueño. Recordó las calles, las casas, los edificios. Respiró profundo y en un abrir y cerrar de ojos se encontró en la calle que conducía a su antigua empresa. Bajó del bus, caminó cauteloso hasta la entrada de la que había sido la más importante empresa textil de la ciudad. Saboreó el momento, pasó su mano por la entrada y se estremeció al encontrarse con su antiguo amor.

Un vigilante se acercó extrañado y entornando la mirada le dijo que no podía estar ahí. Venancio, lo miró con la más honesta rabia que había sentido en su vida. -Señor, yo soy jubilado de esta empresa, trabajé 40 años aquí. -Qué pena con usted, caballero, pero es peligroso, le recomiendo que no deambule por este lugar. -¡Peligroso! ¡Qué va! –Señor mire, y señaló teatralmente, están demoliendo el lugar. Venancio escuchó las palabras como veía las letras en el periódico sin sus gafas. -Señor, ¿está bien? Repitió por tercera vez el vigilante. Se percató entonces de las máquinas, las excavadoras, y los obreros. ¿Cómo era posible que sus ojos los hubiesen ignorado, minutos antes? Parado ante la gran entrada, Venancio García Céspedes arrancó con violencia su brazo de la mano del vigilante, y dijo casi ahogado: -tengo derecho a estar aquí, por última vez.

Atravesó el gran portón de concreto y caminó por un tiempo que se le hizo eterno. El corredor aún seguía ahí, con las columnas que antes adornaban flores de todas las clases y colores. Continúo mirando a su izquierda hasta la última parte del trecho, justo al lugar que conducía a las oficinas, un estruendo lo regresó del trance. Se dio cuenta que estaba ya lejos del portón, pero no tan lejos como para perder de vista la entrada. Volteó la cabeza y miró detrás suyo, como por reflejo, y vio, en el lugar donde antes se erigía el gran portón, los escombros, de su empresa, de su vida y de su juventud.

 

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