Lady Macbeth, en defensa del cine independiente

Hoy, con la industria cinematográfica en auge, sus presupuestos desbordados y los efectos especiales exagerados, se dificulta cada vez más dar con películas que, más allá de los artificios de los que hagan uso, valgan la pena por lo que son: historias bien contadas. Lady Macbeth hace parte de ese selecto conjunto.

Ambientada en el Reino Unido de la época victoriana, Lady Macbeth es protagonizada por Florence Pugh, quien interpreta a Katherine, una mujer que un terrateniente llamado Alexander (Paul Hilton) compra para hacerla su esposa. Esta relación, forzada por definición, marca el punto de partida de una metamorfosis arrítmica como la misma película: lenta e indeterminada al principio, decididamente vertiginosa cuando se lo propone.

Y es que William Oldroyd, director del film, se toma su tiempo para establecer el contexto en el que se desarrolla la historia y los personajes que la componen. Sobre todo los personajes.

Porque si a algo le debe la emoción que puede llegar a suscitar la película en el espectador, es a las correctas interpretaciones de los protagonistas, especialmente la de Katherine, que en una hora y media pasa de la inocencia y sumisión características de una lady, a la maldad y subversión de Macbeth, cambio motivado en gran parte por la presencia de un tercer personaje llamado Sebastian (Cosmo Jarvis), sirviente de la casa campestre del reciente matrimonio y, lo que es más importante, la arista faltante del triángulo amoroso necesario para sembrar la discordia y dejar crecer el caos. Un caos que, para ser justo con el director Oldroyd, es visualmente placentero.

Además de una historia contada de manera lógica y entretenida, la película va más allá y presenta una sucesión de imágenes que perfectamente podrían estar enmarcadas y colgadas en una galería, pues la composición equilibrada en la mayoría de ocasiones, y la fotografía trabajada de manera contrastante entre tonalidades claras y oscuras, dotan a Lady Macbeth de un valor estético (y técnico) que suma bastante a la construcción de ese entorno en medio del que se desarrolla la historia: sombrío, prohibido, lascivo.

Cosas que, complementadas con un sonido ambiente decididamente amplificado, hacen de Lady Macbeth más que una película, una experiencia sensorial superior a la que, de entrada, podría esperarse de la historia.

Esto porque, vista en retrospectiva, la narrativa que propone es realmente sencilla, pero no por eso menos entretenida. Es, por el contrario, una demostración de que aun sin explosiones y grandes estrellas en pantalla es posible hacer buen cine hoy.

 

Calificación: 8/10

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