Gula y angurria

 …la fortuna es un crimen

 si hay hambre a su alrededor

 Revolución, Los Suziox

La gula es, de los principales vicios considerados por la moral cristiana, el más narcisista de todos. Partiendo de la afirmación de Twenge y Campbel (2009) “los siete pecados capitales son, por supuesto, un perfecto resumen de los síntomas del narcisismo” y tomando esta patología no como tal, sino como dispositivo de control social (que en nuestros tiempos es autoinflingido), argumento por qué el pecado propuesto trasciende a los otros seis.

Hay que comenzar con la siguiente aclaración. El amor por la comida y las bebidas no es pecado mientras se asuma como la verdad en las ciencias: se debe hablar de verdades, no de la única verdad; se debe tener amores, felicidades, no la única felicidad en las papilas gustativas y la garganta. Además, se excusa mi mirada de acuerdo con Fernando Savater (2007), quien dice que “los pecados que nos parecen más pecados, es decir, los que consideramos como más graves y fuente de mayor culpa, son los que nosotros cometemos menos.”

Es pecado la gula para la persona cuando ingiere comida sin siquiera buscar saciarse, al grado de vomitar sin digerir para seguir sintiendo la satisfacción de tragar texturas y sabores (como se practicaba en las bacanales romanas). Lo mismo sucede cuando se consumen manjares exóticos con ingredientes de costos ridículos y desproporcionados, sea en busca del placer extremo o simplemente por verse brillar a sí mismo. Para el segundo caso, un ejemplo preciso y bizarro (tanto como angustiante) es el helado Frrozen Haute Chocolate, con un precio por lote de 25 mil dólares, 28 tipos diferentes de cacao y oro comestible de 23 quilates en cada elemento que se pueda nombrar de la presentación. Quien se aventure a probar bocado de tal insensatez, lo hará para alardear de ello en sus redes sociales, sea Instagram, Snapchat o Facebook, o para disfrutarlo en privado, viendo cómo un mojón dorado se va por el excusado, yendo a parar al alcantarillado junto con miles de tristes bollos expulsados por ciudadanos faltos de nutrientes.

En tanto narcisismo es no ver al otro al estar cegado por la falsa grandeza de sí mismo, es el glotón pecador también en este sentido. Además de haber cometido la falta hacia adentro, buscando la satisfacción (sea en el alimento o en la fotografía), la comete hacia afuera pues, no por desconsiderado sino por inconsciente, devora la comida que habría de ser ajena. Aquí se da la más grave presentación de la gula puesto que sale de la película-vida del narcisista y empieza a afectar a quienes lo rodean, aunque crea que están ahí solo para su servicio.

Lo anterior lleva a la propuesta de realidad-espectáculo de Lasch (1991): “la ilusión de realidad no acaba diluyéndose por un realismo exacerbado, sino por una indiferencia notable ante la realidad. Nuestro sentido de la realidad parece descansar en nuestra avidez de ser incluidos en la ilusión escenificada de la realidad.” Por esto, el truco en la realidad-espectáculo funciona únicamente cuando el narcisista se incluye. En el caso del posmoderno viciado por la gula, es correcta la participación en el guion de lo grotesco mientras esta sea activa y protagónica. He aquí el porqué de su apañada actuación y la repulsión que esta genera en quienes, lejanos al circo (aunque igualmente circunscritos en sus límites), observan con desprecio y decepción a sus semejantes.

La resistencia frente al pecado de la gula como herramienta del narcisismo controlador, como con todos los otros dispositivos alienantes, debe comenzar con la conciencia del funcionamiento de este. A partir de ahí, el individuo puede trabajar la mesura para comer y beber a la vez que disfruta de estos placeres. Para practicarlo en comunidad, basta con invitar al otro a la mesa y servirle de la propia comida. Así se goza con consciencia, fraternidad y control propio, no social.

Imagen: Alba Ciudad 96.3 FM

Autor: Martín Lacoste 

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