¿En realidad el coronel no tenía quién le escribiera?

El coronel no tiene quién le escriba entrega al lector tantas reflexiones como emociones. Con cada palabra ubica al lector en un mundo de injusticias que constantemente se va haciendo más profundo.

 

El coronel, domiciliado en un pueblo que todos los días escuchaba la campana que iniciaba el toque de queda, es la figura que representa a todas esas personas cubiertas por la incertidumbre y a su vez por la esperanza. Su esposa, buscando siempre hacer justicia, simboliza la desesperación de quienes lo han dado todo y a cambio no han recibido nada. El gallo, amarrado a la pata de la cama, comiendo maíz, es la vívida imagen de las cosas superfluas –al punto de llegar a la inutilidad- en las que todos los desolados han tenido que depositar la poca esperanza que conservan.

 

Decía el coronel en la oficina de su abogado inicial, aquel que había contratado desde hacía ya quince años: “Esto no es una limosna (…) No se trata de hacernos un favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la República”. Ante esto, no queda más que vislumbrar cómo nuestros combatientes, que no lucharon en la Guerra de los Mil Días, mas sí en el conflicto armado más largo del mundo, podrán ser abandonados por el Estado. El mero hecho de contemplar la posibilidad es aterrador. Es un absurdo ser abandonado en una fosa, al punto de la muerte por hambre, después de servir a la patria, de haber entregado el alma para detener el derramamiento de sangre. ¿Cuántos más, como el coronel, no estarán esperando ansiosos una carta? ¿Cuántas personas más estarán comiendo “mierda”?

Es aquí, entonces, donde los abogados tenemos un papel esencial. De nosotros depende no solo la agilidad del sistema, sino la humanidad del mismo. El abogado del coronel ha de servirnos como ejemplo a los estudiantes de derecho, o a quienes ya se han graduado, no para enseñarnos a ser abogados, sino para indicarnos cómo no serlo.

 

Justificaba el abogado la demora de la carta en el numeroso cambio de funcionarios, de ministros, de presidentes…se justificaba, realmente, en lo que la mayoría de abogados se justifican: el azar de la papelería. Por el mismo azar, la carta pudo haberse perdido por la negligencia de los administradores de correos, o no llegar si quiera su expediente al Ministerio de la Guerra. El coronel no era visto como una víctima, sino como un número de expediente más.

 

No debemos permitir que, como la esposa del coronel, las víctimas del sistema y de la papelería ofrezcan sus anillos de matrimonio a cambio de dinero e hiervan piedras, por no mencionar otras cosas que podrían hacer en virtud de la angustia extrema. Hay que actuar antes de que incluso se llegue a pensar en tal exasperación. Somos nosotros los responsables de lograr una respuesta oportuna; esa respuesta que bien sabemos que existe.

A pesar de todo, el coronel con ilusión afirmaba que “la vida es la cosa mejor que se ha inventado”. Él esperaba la carta todos los viernes. No en vano, sino porque él tenía la certeza de que sí tenía quién le escribiera.

Foto: Canvaz 

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