Medellín: la ciudad que todavía no somos

En los años 90 Medellín llegó a ser la urbe más violentada del mundo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y en los últimos años alcanzamos el índice más bajo de asesinatos en 4 décadas. Es un gran logro, sí, porque ha sucedido gracias a la acción de las más diversas organizaciones comunitarias que han trabajado sin descanso, y a una mayor presencia gubernamental en muchos lugares; pero también obedece en gran medida a la consolidación territorial de diferentes actores armados.

Más allá de estos hechos, hoy, cuando empezamos a sufrir cada vez más muertes violentas y cuando muchas de estas muertes en vez de generar repudio se justifican desde diferentes sectores sociales, queda la sensación de que en Medellín no hemos tenido una reflexión colectiva y profunda de nuestra propia historia y frente al valor de la vida. ¿Qué está pasando?

Durante todo el Siglo XX se dieron en Colombia grandes olas de migración hacia los principales centros urbanos, y muchos campesinos e indígenas desposeídos de sus propios territorios llegaron a este valle buscando un nuevo lugar para estar. Pero aquí en la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria no hubo ningún interés en abrazar a los foráneos, en ofrecerles amorosamente un nuevo espacio para habitar, en darles cabida dentro de las dinámicas sociales del momento. Los dejamos al margen, en la periferia, y ellos no tuvieron más opción que “invadir” lo que era de nadie: la ladera; allí crearon sus propios guetos. Y así, “invasión” tras “invasión”, con esporádica presencia estatal cuando las fuerzas coercitivas iban a destruir los ranchos, nació gran parte de lo que hoy conocemos como Medellín.

Fue de esa forma que se empezaron a configurar las grandes brechas que nos siguen dividiendo hoy: las brechas del territorio, las educativas, las económicas, las del diálogo social. Luego, en gran parte apalancada por las grietas ya existentes, y por nuestra incapacidad como sociedad de ofrecer otras oportunidades a los nuevos excluidos tras la crisis industrial de los años 70, llegó la violencia despiadada y con ella las fronteras invisibles que nos fragmentaron aún más; llegó el propio enclaustramiento, el miedo a vivir el barrio, la calle; porque sólo caminar la ciudad era poner en riesgo la vida. Y en ese momento la vida se volvió mercancía: cualquiera podía comprar o vender un muerto.

Hoy las formas han cambiado, pero muchos fondos siguen latentes en nuestra Medellín: los vacíos que nos separan y nos dividen en pequeños guetos, las fronteras que nos impiden entender la realidad de otros. Hoy seguimos divididos, caminando nuestras calles con un miedo latente, casi normalizado; seguimos habitando una “ciudad” fragmentada que desconoce mucho de sí misma.

Alberto Restrepo en su libro “Raíces Aldeanas de la Corrupción” habla de la ciudad haciendo referencia a lo que significaban las Polis y Civitas antiguas: “un estado del alma, un estado de almas”; un proceso de maduración individual y colectivo; un caminar común hacia un mayor grado de conciencia y humanidad. Yo diría (Alberto Restrepo ya lo dijo) que en Medellín todavía no hemos alcanzado a ser ciudad; claramente hemos avanzado, pero nos falta romper barreras para alcanzar unidad. No podemos hablar de un crecimiento en conciencia colectivo cuando seguimos ignorando todas las Medellines que son Medellín, la multiplicidad de nuestra(s) historia(s), la diversidad y la riqueza que habita en nuestra propia tierra. No podemos hablar de un crecimiento conjunto en humanidad, cuando la vida, el valor supremo de la existencia, se sigue vendiendo y comprando con monedas.

¿Cómo dar paso a un proyecto de construcción colectiva de ciudad desde nuestras múltiples individualidades, cuando las fronteras siguen estando tan marcadas? ¿Cómo abrir espacios de diálogo entre todas las Medellines (a ver si algún día entendemos qué es Medellín) cuando aún somos incapaces de ver en la diferencia nuestra mayor riqueza? ¿Cómo comprender nuestra humanidad cuando aquí el valor supremo, la vida, no tiene suficiente valor?

Eso es #NoMatarás: preguntas. Vemos en los actos simbólicos y creativos, excusas para hacer preguntas a nuestro ser social, a nuestra identidad, a nuestros valores comunes, a la ciudad que todavía no somos. Vemos en teñir algunas fuentes de rojo o en pedir deseos por la vida, una excusa para dar paso a una reflexión colectiva y profunda de nuestra propia historia y del valor de la vida.

Este es un llamado amoroso a provocar acciones creadoras que nos permitan transgredir nuestras formas, y romper las rejas mentales y físicas que todavía nos dividen; es un llamado a abrazar y hacer parte de nosotros a los que todavía hoy permanecen desposeídos y excluidos; a romper los límites de nuestros pequeños guetos para caminar otros barrios, otras calles, para conversar con otras gentes y otras Medellines diferentes a la Medellín que ya conocemos; a entender todas las posibilidades que plantean nuestras diferencias, a abrir las puertas de una conversación que nos haga crecer juntos en conciencia, y desde un nuevo entendimiento crear también una nueva realidad.

Este es un llamado a ser ciudad. ¿Ustedes se atreven?


Columnista escrita por Maira Duque. 

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2 Comentarios

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    Blanca Elsy Gómez 21 de agosto de 2017

    Excelente escrito!!!!!!mil gracias por dejarlo conocer!!

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    Diego Fernando Duque Osorio 21 de agosto de 2017

    TEngo un espacio cada Miercoles en Naturalia Café donde podriamos tener una discusion con las personas sobre este tema....Les gustaria participar? Facebook.com/Medellinintranslation

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