Invasión zombi


Perder la inocencia es más traumático que perder la virginidad. Uno se pasa la infancia pensando qué quiere ser cuando crezca, qué carrera estudiará en la universidad. Muchas mujeres soñamos con casarnos y ser mamás (desde niñas), y la vida va pasando sin uno saber que todas esas metas, sueños o fantasías vienen acompañadas de un montón de deberes y de sacrificios. 

Uno imagina el trabajo ideal, pero nadie nos dice que vamos a tener un jefe, que hay que cumplir horario y de ahí vamos a salir para la casa a pensar en las cuentas que debemos pagar. Y eso si hay con qué. La felicidad del primer día de universidad y la sensación de querer cambiar al mundo solo son comparables con la frustración que genera graduarse y no conseguir un empleo en el que la remuneración, los retos, el ambiente y el reconocimiento sean dados en proporciones iguales y generen un ecosistema perfecto para uno sentirse alguien y medio ocultar la vergüenza que produce una insatisfacción laboral. Que no es más que insatisfacción de la adultez. De no saber en qué momento se llegó a la madurez y cómo hay que comportarse. Unos tienen la fortuna de encontrar un camino demasiado fácil, o simplemente de adaptarse al que les toque. Pero a los que se sienten perdidos todo el tiempo les llega la hora de empezar a cargar con el rótulo de desubicados. Después de cierta edad, la sociedad ya no permite una elección de vida diferente a la que se contempló a los dieciocho o diecinueve años y uno se pregunta ¿qué diablos sabía uno a esa edad? La mayoría del tiempo nos la pasamos improvisando, y unos pocos, los que logran enrutarse según los estándares sociales, pasan desapercibidos por el radar inquisidor de los que creen sabérselas todas, eso sí, aunque de dientes para adentro no tengan la menor idea de lo que están haciendo. Porque el mundo no está tan lejos de una invasión zombi. los muertos vivientes son reales y somos la mayoría, por no decir todos. Pues desde que nacemos ya tenemos un nombre, una religión, un equipo de fútbol al que alentar, una carrera definida pues hasta nuestros padres nos inscriben en las clases que a ellos les parece, nos bautizan, nos meten a un colegio, nos dicen que irse del  país seis meses a estudiar a otro lugar es lo ideal, después volver estudiar una carrera, conseguir un trabajo, casarse, reproducirse y morir, porque la vida es así y cuestionarla solo la complica más. Y por eso un asedio de criaturas que se comportan únicamente por apetito, y engullen y engullen sin detenerse a pensar “¿De verdad esto era lo que quería?” es lo más parecido a la especie humana. Tal vez los verdaderos monstruos somos nosotros y las criaturas de piel putrefacta, vísceras saltantes, y dientes podridos son quienes vienen a salvarnos. De nosotros mismos.

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