¿Somos capaces de ponernos en los zapatos del otro?

Por: Carolina A. Cano 

Siempre he creído que la tarea más difícil es aprender a ponernos en los zapatos de otro, reconocer en él,  un ser humano. Es por eso que nos ha costado como sociedad, permitir que el otro esté en desacuerdo con nosotros.

Como ciudadana y como estudiante de Ciencias Políticas, he seguido de cerca los acontecimientos relacionados con el proceso de paz, leí los acuerdos. Reconocí sus falencias y aplaudí sus aciertos. Respeto  a las personas que no están de acuerdo y me pone el corazón muy contento cuando veo a alguien que si lo está. Me preocupan las personas que no leen ni se informan, que desinforman. 

Con frecuencia nos distraemos –y eso ya lo está diciendo alguien que le cuesta muchísimo concentrase- con imágenes en las redes sociales, cifras, vídeos y demás que poco o nada nos dicen sobre la situación real del país, sobre el proceso, las víctimas o la posibilidad de cambiar un futuro que todos compartimos, pero que nos soñamos de maneras disparejas. Y eso está bien, porque somos diferentes, porque no podemos esperar que los deseos y aspiraciones  de todos sean exactamente iguales.  Sin embargo, el lenguaje y el trato por el otro, se va tornado agresivo y a veces  irrespetuoso. ¿Estamos dejando que la paz nos divida? A mí me suena suficientemente absurdo.

Yo vivo en la ciudad y tampoco es como que haya vivido la guerra. La reconozco en una historia que comparto con mi papá, con mi familia, con mis tías que no viven en la capital del departamento. Sé que les debemos mucho, que nos ha faltado, que estamos ausentes,  también que somos nosotros quienes vamos a decidir porque somos más. Intento al máximo ponerme en sus zapatos, pensar en la tranquilidad que se debe sentir poder decirle adiós a un conflicto del que nunca se han desprendido. Haber sentido el silencio de las balas, el día que cesó el fuego. Que existe la esperanza de que sus hijos, no vayan a la guerra, que conozcan  una realidad alternativa.

Intento, aunque sé que es más difícil, ponerme en los zapatos de los guerrilleros. Porque en ellos  hay que reconocer también a un ser humano, a alguien que las circunstancias pudo haberlo llevado por fuerza, a usar las armas y sumergirse en un conflicto que no les pertenecía. No saber hacer nada más que eso y volver a la sociedad no es tarea fácil. Y pienso, que esta es la oportunidad para construir en conjunto como colombianos, un nuevo escenario. 

Recuerdo una de las primeras preguntas que me hicieron en clase cuando empecé esta carrera, ¿estaría usted dispuesto a sentarse a tomar un café con un guerrillero? ¿Recibir clase con ellos? ¿Compartir el mismo lugar de trabajo? En ese momento, hace como tres años, mi respuesta hubiese sido que no.  Porque uno no dimensiona el cambio que se requiere en nuestra percepción del mundo para poder aceptar que ese, que ha luchado una guerra quiere volver a vivir en sociedad.

Hoy, creo que sí, soy más consciente de la tarea que nos espera. Porque la paz es una construcción conjunta, no individual. Pongámonos en los zapatos del otro, en los zapatos del que no está de acuerdo con este proceso, porque el disenso nos hace crecer si es con respecto. En los zapatos del campesino que está cansado de la guerra y quiere escribir una nueva página, y del guerrillero incluso, que va a dejar las armas  para participar en la vida en sociedad de otra manera. 

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